martes, 27 de noviembre de 2007

Lucía se agachó a recojer las monedas. - Monedero de mier... Una había rodado debajo de un tacho anaranjado, y había terminado entre una baldoza y la pared de la estación y encima era de a peso. Estiró la mano para alcanzarla pero no había manera. El tacho le impedía entrar más agachada para encontrarla.
Pensó si valía la pena la moneda, pero le empezó a divertir la atención fugaz que causaba. Ahora tomaba una ramita y trataba de desencastrar la monedita. Pensaba que si por un instante sacaba esos trajes de la mirada vacía estática, valía romperse las uñas prolijas que nunca tuvo. Juan se quedó parado a su lado, inclinó la cabeza hacia la derecha. Luego vió el destello.
Lucía se llamaba Lucía porque su mamá fijó sus ojos en la luz del sol el día que nació. Juan se llamaba Juan porque era un nombre común y sus padres lo consideraron bastante cacofónico.
Se estiró y alcanzó el frío metal. En el movimiento todo su cuerpo se encontraba contra el de ella. (Y Él de Ella pensó) Lucía no veía cine japonés porque bostezaba con ruido. Juan nunca supo descorchar una sidra.
Ella apretó la victoria en su palma y guardó en su bolsillo el probable paquete de caramelos.
Se miraron y dijeron casi al unísono : -Gracias.
Lucía nunca le cocinaría sopa. Juan siempre se detendría a observar catedrales.

1 comentario:

Corazón Desaparecido dijo...

Ay.... esos encuentros me desbordan. Aunque realmente a mi me gustaria que le cocine una sopita de vez en cuando.

Orvuá, madmuasel!